Pensamientos→13 de octubre de 2026

El volumen

Me lo diagnosticaron a los diez años.

Recuerdo la sala de espera, el test con dibujos, la cara de mi madre. De lo que dijeron recuerdo menos. Cuatro letras. TDAH. A esa edad una palabra así no explica nada. Solo pone nombre a algo que ya sabías: que en clase todos parecían escuchar la misma emisora y tú cambiabas de dial sin querer.

Han pasado muchos años. Sigo cambiando de dial.

Tengo TDAH y por eso quiero deprisa.

No sé querer de otra manera. Cuando algo me gusta, me gusta entero y desde el primer día. Una persona, un libro, una idea a las dos de la mañana que me parece la mejor idea que ha tenido nadie. No hay fase de tanteo. No hay “vamos a ver cómo va”. Entro con todo o no entro.

Durante mucho tiempo pensé que eso era intensidad. Luego aprendí que también tiene otro nombre en los informes médicos. Ahora creo que son la misma cosa vista desde sitios distintos.

Cuando quiero, quiero con las dos manos.

Y por eso me rompo muy fuerte.

No conozco los rasguños. Lo mío son fracturas. Un proyecto que no sale, una conversación que se tuerce, alguien que se va. Hay gente que encaja esas cosas con un “bueno, ya está”. Yo las encajo como se encaja un golpe en el pecho. Me quedo sin aire un rato. Luego respiro. Siempre acabo respirando, pero ese rato existe y no sé hacerlo más corto.

Siento todo como si no existiera el volumen bajo.

La alegría me llega a todo volumen. La tristeza también. Y el aburrimiento, que es la que nadie entiende. El aburrimiento para mí no es una tarde larga. Es algo casi físico. Una incomodidad debajo de la piel que me empuja a levantarme, a abrir otra pestaña, a empezar otra cosa. Por eso tengo más cosas empezadas que terminadas. Por eso también he terminado cosas que nadie esperaba que terminase, porque cuando algo me atrapa no hay nada en el mundo que me saque de ahí. Ni el hambre, ni la hora, ni el sentido común.

Esa es la parte que no sale en los artículos. No es que no pueda concentrarme. Es que no elijo en qué. A veces la atención no viene. Y a veces viene toda de golpe y se queda horas, y cuando levanto la cabeza es de noche y no he comido.

Ya conté en otro post que escribo cada día. Lo que no conté es por qué lo necesito tanto.

Cuando escribo no escribo. Me desangro un poco.

Escribir es el único sitio donde todo ese volumen sirve para algo. Donde querer deprisa no es un problema, donde sentirlo todo demasiado es exactamente lo que hace falta. En una página nadie me pide que baje la voz. Puedo decir lo que siento al tamaño que lo siento. Y cuando termino, algo dentro se queda en silencio un rato. No mucho. Lo justo.

Creo que por eso escribo. No para que me lean. Para poder oírme.

Hay una idea que lleva tiempo dándome vueltas.

Quizás vine al mundo con el volumen demasiado alto mientras otros aprendieron a caminar en línea recta.

La línea recta tiene muy buena prensa. Es lo que te enseñan desde pequeño: siéntate, termina lo que empiezas, una cosa detrás de otra. Y funciona. No digo que no. Hay gente que camina recta toda la vida y llega a sitios preciosos.

Pero yo nunca he sabido. Lo he intentado. Agendas, listas, alarmas, métodos con nombre en inglés. Todo me dura lo que dura la novedad. Luego vuelvo a mi forma de andar, que se parece más a la de alguien que va por un bosque y se para cada vez que algo brilla.

No voy a decir que es un superpoder. Esa frase la odio un poco. Los superpoderes no hacen daño a la gente que quieres cuando te vas a otro sitio en mitad de una conversación y ellos lo notan. El TDAH tiene un coste y lo paga más gente aparte de mí. Eso también es verdad, y sería mentira no contarlo.

Pero tampoco voy a decir que es una condena.

Porque las mejores cosas que he hecho las he hecho así. Deprisa, con las dos manos, sin red. Nada de eso habría salido de alguien que camina en línea recta. Habría salido otra cosa, quizás mejor. Pero no esto.

A veces me pregunto cómo sería mi vida con el volumen a la mitad. Más tranquila, seguro. Con menos fracturas. Con más cosas terminadas y menos noches sin dormir. No sé si la querría. Sé que no me reconocería en ella.

Hay días en que el ruido pesa y me gustaría apagarlo todo. Hay días en que lo agradezco. La mayoría de los días son las dos cosas a la vez, y he dejado de intentar resolverlo.

Tengo TDAH. Quiero deprisa. Me rompo fuerte. Lo siento todo alto.

Sigo sin saber caminar en línea recta.

Pero he aprendido a no pedir perdón por el ruido.

Casi siempre.

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