Pensamientos30 de julio de 2026

La misma canción

He escuchado la misma canción más de mil veces.

No es una forma de hablar. Alguna vez he mirado esas estadísticas que te saca la aplicación a final de año y ahí está, otra vez, en el mismo sitio. Y las de al lado también son las mismas. Cambia el orden, poco más.

Debería darme algo de vergüenza. No me la da.

No concibo la vida sin música. Es lo primero que pongo al levantarme y lo último que quito antes de dormir. Trabajo con música, escribo con música, friego los platos con música, ando por Granada con los cascos puestos como si esto fuera una película y alguien hubiera elegido la banda sonora. El silencio me pone incómodo. No el silencio de estar tranquilo, ese me encanta. El otro. El de que no esté pasando nada.

Y sin embargo, descubrir música nueva se me da fatal.

Me mandan cosas. Amigos que saben del tema, gente con buen criterio, listas enteras montadas con cariño. Digo que sí, que qué ganas, que me lo guardo. Y ahí se queda. Semanas. Meses. A veces años.

No es que no me interese. Es que abrir una canción que no conozco me cuesta un esfuerzo que no sé explicar. Como si tuviera que prestar atención de verdad, y no siempre tengo eso disponible.

Las aplicaciones también lo intentan. Te montan listas de descubrimiento, te dicen que esto te va a encantar porque escuchaste aquello. Y a veces aciertan. Pero he entrenado tan bien al algoritmo, con tantos años de darle exactamente lo mismo, que lo que me recomienda son primos hermanos de lo que ya tengo. Le he enseñado a no molestarme.

En algún momento dejé de saber si es que la máquina no me descubre nada o es que yo no le he dejado.

Así que vuelvo a lo de siempre.

Hay canciones que llevo escuchando desde los veinte años. Discos enteros que me sé de memoria, no solo la letra: los silencios, el momento exacto en el que entra la batería, ese medio segundo de nada antes del último estribillo. Sé cómo va a sonar el siguiente compás antes de que suene. Y me sigue gustando. Me sigue gustando igual.

Hay una en concreto en la que el cantante respira antes de una frase. Se oye. No debería oírse, supongo que en algún momento alguien decidió dejarlo ahí. Llevo años esperando esa respiración cada vez que llego a ese punto, y cada vez que llega me pasa algo pequeño por dentro. Una canción que he puesto mil veces y todavía me está esperando en el mismo sitio.

Esto la gente no lo entiende del todo.

Te dicen que te estás perdiendo cosas. Que hay muchísima música ahí fuera. Que cómo puedes escuchar lo mismo una y otra vez sin aburrirte. Y tienen razón en lo primero: seguro que me estoy perdiendo cosas increíbles. Pero lo segundo no lo tengo tan claro.

Porque no escucho lo mismo. Escucho la misma canción siendo otro.

Creo que es eso. Que una canción que llevas años poniendo deja de ser una canción y se convierte en un archivo. Cada vez que la pones se guarda dentro algo de dónde estabas y cómo estabas. La misma pista contiene al que la escuchó con veintiuno en un piso compartido, al que la escuchó en un aeropuerto sin saber muy bien qué iba a pasar después, al que la escuchó el peor año de su vida y al que la escucha ahora, un martes cualquiera, poniendo un lavavajillas.

Suena la misma melodía. Pero suenan todos ellos a la vez.

Una canción nueva no puede hacer eso. Todavía no ha vivido nada conmigo. Puede ser objetivamente mejor, mejor producida, mejor escrita, y aun así estar vacía en el único sentido que me importa.

Por eso vuelvo. No por comodidad. Por acumulación.

Aunque, si soy honesto, también por comodidad.

Ya he escrito antes sobre mi manía de tener las cosas en su sitio. La ropa por colores, el escritorio despejado antes de empezar, cada cosa donde le toca. Y me está costando no ver aquí el mismo mecanismo funcionando otra vez.

Lo conocido no me puede sorprender. Lo conocido no me va a exigir nada. Cuando pongo una canción que me sé, sé exactamente lo que va a pasar en los próximos tres minutos y medio, y hay una parte de mí a la que eso le da una paz que no debería dar tanta paz.

Descubrir es abrirse a que algo no te guste. A perder el rato. A que te toque una fibra que no sabías que tenías ahí suelta.

Igual no es que me cueste descubrir música. Igual es que no me apetece que me descubran a mí.

Con los conciertos se nota todavía más. He visto a los mismos grupos varias veces. Los mismos temas, en un orden que casi me sé, y ahí estoy yo otra vez pagando la entrada como si fuera la primera. Gente que conozco va a festivales para ver a diez bandas que no ha escuchado nunca, y eso me parece admirable y agotador a partes iguales. Yo voy a ver a uno. Al de siempre. Y salgo feliz.

No es fidelidad. La fidelidad suena a mérito y esto no tiene ningún mérito. Es otra cosa, más parecida a la costumbre, pero sin lo triste que suele tener la palabra costumbre.

Con la escritura me pasa parecido. Escribo con un disco en bucle durante meses. Literalmente el mismo, de principio a fin, una y otra vez, hasta que dejo de oírlo y se convierte en textura, en una habitación con una temperatura concreta a la que entro cuando me siento a trabajar. Si pongo algo nuevo, me distraigo. Si pongo silencio, me distraigo más. Necesito música que ya no tenga que escuchar.

Toda la novela está escrita así. Si algún día alguien me pregunta a qué suena, sabría contestar con una precisión que da un poco de miedo.

Hay una cosa que pienso de vez en cuando y que no termino de colocar.

He escrito sobre que no consigo recordar la voz de mi padre. Que no tengo ni un audio, ni un vídeo, nada. Que se me ha borrado.

Y sin embargo me sé de memoria canciones que no significan nada, escritas por gente que no conozco, sobre cosas que no me han pasado. Ahí siguen, intactas, décadas después.

La memoria elige fatal. O elige lo que puede.

A veces pienso que por eso repito tanto. Que hay algo de asegurarme de que esto sí lo voy a conservar. Que si lo pongo suficientes veces no se me va a ir como se fue lo otro.

Probablemente le esté buscando tres pies al gato. Probablemente sea, sencillamente, que me gustan mucho esas canciones.

No sé si tengo buen gusto musical. Lo he dicho por ahí en algún sitio, medio en broma, que creo que sí. La verdad es que no tengo ni idea. Tengo un gusto muy estrecho y muy hondo, que no es lo mismo. Conozco muy bien un territorio pequeño. Fuera de ahí, ni idea de lo que hay.

Con los libros me pasa igual, por cierto. Leo poco y releo mucho. Empiezo a sospechar que no son dos rarezas distintas sino la misma cosa con dos disfraces.

Sé que debería salir más. Escuchar esa lista que me mandaron en marzo. Darle una oportunidad a lo que sea que esté sonando ahora y que yo me esté perdiendo con una tranquilidad que a veces me sorprende.

Y voy a decir que sí, que este año sí.

Pero mientras tanto son las once de la noche, estoy terminando esto, y llevo puesto lo de siempre. La misma canción que ya sonaba cuando lo empecé. La que va a sonar mañana cuando abra el documento otra vez.

No la voy a cambiar.

Que suene.

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