Hablo peor de lo que escribo.
No lo digo por modestia. Lo digo porque lo he comprobado muchas veces, casi siempre tarde. En una discusión, en una reunión, en una cena donde alguien me pregunta algo que importa. Abro la boca y sale una versión de lo que pienso. Parecida. Más corta, más torpe, con los bordes mal cortados. Y la frase buena, la de verdad, llega dos horas después. En la ducha. En el coche. A las dos de la mañana, cuando ya no hay nadie a quien decírsela.
Los franceses tienen un nombre para eso. El ingenio de la escalera: lo que se te ocurre cuando ya vas bajando.
Yo vivo en esa escalera.
Durante mucho tiempo pensé que era timidez. No lo es. Puedo hablar delante de gente. He vendido, he presentado, he defendido proyectos delante de quien tenía que decir que sí. Hablar de trabajo se me da bien, porque hablar de trabajo no cuesta nada. Lo que me cuesta es lo otro. Decir lo que siento en el momento en que lo siento, con alguien delante, mirándome.
Ahí se me cierra algo.
No sé explicarlo mejor. Es como si entre lo que pienso y lo que digo hubiera una aduana. Todo pasa por ahí, todo se revisa. ¿Esto es demasiado? ¿Esto suena raro? ¿Se va a notar que me tiembla la voz? Y mientras la aduana revisa, la conversación sigue. Para cuando la frase tiene permiso para salir, ya se está hablando de otra cosa.
Escribiendo no hay aduana.
O sí la hay, pero trabaja después. Primero sale todo. Sin filtro, sin orden, sin mirar a nadie a la cara. Luego ya vendrá el momento de corregir, de quitar, de pensar si esto lo puede leer alguien. Pero lo primero que sale es mío y no se lo enseño a nadie.
En otro texto dije, casi de pasada, que cuando escribo me desangro un poco. Lo dejé ahí, como quien suelta una frase bonita. No lo era. Lo dije en serio y creo que me quedé corto.
Escribir, para mí, se parece más a desangrarse que a cualquier otra cosa.
No es dramatismo. Es lo más parecido que encuentro a lo que pasa en el cuerpo. Hay algo dentro que aprieta, que lleva días ahí, y no se va hasta que lo abro. Me siento, empiezo, y sale. A veces despacio, gota a gota. A veces de golpe, tan rápido que no me da tiempo a teclear. Y cuando termina me quedo flojo. Vacío, pero de la buena manera. Como después de llorar mucho. Como después de algo que tenía que pasar.
Hablando no sangro. Hablando me pongo la venda antes de empezar.
La gente que me conoce lo sabe.
Saben que si quieren saber cómo estoy de verdad, mejor no preguntármelo en persona. Les voy a decir que bien. Que liado, pero bien. Y luego, días después, quizás les llegue un mensaje largo, demasiado largo para un WhatsApp, escrito a deshoras, donde por fin cuento lo que no supe contar con ellos delante.
Me ha pasado con amigos. Con gente a la que quiero. Con mi madre.
Hay quien piensa que eso es de cobardes. Que las cosas se dicen a la cara. Lo entiendo. Una parte de mí también lo piensa. Pero otra parte sabe que si espero a decirlo a la cara, no lo voy a decir nunca. Y entre no decirlo y decirlo por escrito, prefiero lo segundo.
No es esconderse. Es llegar por el único camino que conozco.
Escribir me da tiempo. Eso es todo, en el fondo.
Tiempo para encontrar la palabra exacta y no la primera que pasaba por ahí. Tiempo para darme cuenta de que lo que creía que era enfado era otra cosa, más pequeña, más triste. Tiempo para borrar y volver a empezar sin que nadie vea la versión mala.
Hablando no hay borrador. Lo que dices, dicho está. Y yo necesito borradores. Necesito equivocarme primero a solas.
Ya conté que lo siento todo a un volumen demasiado alto. Hablando, ese volumen se desborda o se apaga, no hay término medio. O lo digo todo a la vez y atropellado, o me callo. En la página aprendo a dosificarlo. Una frase. Un punto. Otra frase. El punto es justo lo que me falta cuando hablo: un sitio donde parar a respirar sin que nadie lo note.
Creo que por eso escribo frases tan cortas.
Hay algo más, y me ha costado verlo.
Ya he contado que no recuerdo la voz de mi padre. Que no tengo ni un audio, ni un vídeo. Que se fue y se llevó el sonido con él.
Pero cuando murió encontré cosas que había escrito. Y eso sí sigue ahí. Su forma de ordenar una idea, las palabras que elegía, lo que le importaba lo bastante como para dejarlo apuntado. Lo poco que sé de cómo pensaba por dentro lo sé porque lo dejó por escrito.
La voz se fue. Lo escrito se quedó.
No sé si eso explica algo. A lo mejor lo explica todo.
A lo mejor por eso me fío más de lo que escribo que de lo que digo. Lo dicho se lo lleva el aire. Lo escrito se queda, se puede releer, se puede encontrar años después en una carpeta. Alguien puede abrirlo cuando ya no estés y oírte, aunque no suene.
Tampoco quiero idealizarlo. Escribir también tiene su trampa.
En la página soy más valiente que en persona. Digo cosas que no sé si sostendría mirando a alguien a los ojos. Y a veces me pregunto cuál de los dos soy de verdad. El que habla con la venda puesta o el que escribe sangrando.
Supongo que los dos. Supongo que uno necesita al otro.
Hay gente que piensa hablando. Que necesita decirlo en voz alta para saber qué opina. Yo no. Yo no sé lo que pienso hasta que lo leo. Escribo para enterarme.
Este texto, por ejemplo. Empecé queriendo contar que se me da mejor escribir que hablar. Y he acabado en mi padre, otra vez. No estaba en el plan. Nunca está en el plan.
Por eso escribo.
Porque hay cosas que solo salen así. Despacio, a solas, sin nadie delante. Porque lo que no consigo decir, al menos consigo dejarlo dicho.
Si alguna vez me preguntas cómo estoy y te digo que bien, no me creas del todo.
Espera unos días.
Probablemente te lo esté escribiendo.